Editorial

Por Pablo González
Subdirector SABERES DOCENTES 

COMUNIDADES PROFESIONALES DE APRENDIZAJE PARA UNA NUEVA ESCUELA PÚBLICA

En el Chile de esta última década, movimientos de estudiantes y docentes han generado un escenario político y jurídico que abre la posibilidad de asistir a la edificación de una nueva escuela pública, que responda a las necesidades de las nuevas generaciones de ciudadanos y ciudadanas de este tercer milenio que inicia con crecientes grados de incertidumbre en diversos planos de la existencia humana, incluido aquel que se relaciona con la propia sostenibilidad de la vida en el planeta, tal como se la conoce hasta hoy.

Dicha posibilidad, dibujada de alguna manera en las leyes que vienen a reformar el sistema escolar chileno, se vincula además con un conjunto de fenómenos que desafían la comprensión tradicional que se tiene respecto de la institución escolar. La revolución científico-técnica permanente, la depredación de los recursos naturales y la externalización de procesos y de costos que impulsa el actual modo de producción de bienes y servicios, el (des)equilibrio de los ecosistemas, el debilitamiento de la democracia como sistema de representación, el predominio del interés privado por sobre el interés público, la creciente desconfianza hacia las instituciones, los continuos y crecientes movimientos migratorios, son, entre tantos otros, algunos de estos fenómenos que emplazan de modo cotidiano a las escuelas y a los profesionales que en ellas se desarrollan.

La política pública, por su naturaleza ciega y sorda al contexto, por sí sola no es capaz de dar cuenta de esta posibilidad. De igual forma, las academias y los centros de investigación recién están observando con alguna atención este fenómeno. Por su parte, los modelos estandarizados de aplicación universal, las recetas de “talla única”, han demostrado su incapacidad de atender la complejidad y singularidad de las instituciones y comunidades escolares.

El problema pedagógico, por tanto, parece no estar del todo resuelto. ¿Para qué desafío vital individual y colectivo educar? ¿Qué metodologías e interacciones favorecen el aprendizaje de las nuevas generaciones? ¿Qué rol y qué estatus ocupan estudiantes y docentes en el espacio aula-escuela? ¿Qué y cómo aprenden las y los estudiantes de esta época, de esta región, de esta localidad, de esta escuela, de este curso, de este grupo? ¿Con quién aprenden? ¿Qué medios, qué recursos didácticos han de ser utilizados preferentemente? ¿Qué significa diseñar e implementar experiencias significativas de aprendizaje? ¿Qué tiene de simulacro y qué tiene de real lo que se hace en el aula-escuela, por ejemplo, en ciudadanía, en convivencia, en participación?

La sola complejidad del problema invita a idear, a soñar, a buscar y proponer soluciones tal vez igualmente complejas, reconociendo en la complejidad no el enredo ni la oscuridad como algunos interpretan, sino mirando en ella la riqueza de la diversidad, la potencia del coro polifónico y policromático que surge de la manifestación de la singularidad. En ese escenario se espera que emerja la voz de los actores, de los sujetos, de los protagonistas del hecho educativo.

Es esta voz la que ha sido acallada, ignorada, descalificada sistemática y sistémicamente. Dicha voz organizada en comunidades profesionales de aprendizaje puede dar paso efectivo a la construcción de una nueva escuela pública edificada sobre nuevas bases. Le generación de un conocimiento profesional situado y dinámico, la renovación y emergencia de un SABER PEDAGÓGICO que permita resolver el problema pedagógico desde sus propios protagonistas, tiene posibilidades incluso emancipatorias.

En una relación de nuevo tipo con la academia y con la política pública, ello puede significar la emergencia de una escuela/liceo sostenida en una cultura que educa y promueve los derechos humanos y se organiza en una comunidad en la se reconocen y aprecian las identidades de todos sus integrantes y se asegura la participación efectiva en la toma de decisiones de todas y todos. En este marco, así como ocurre en el escenario nacional desde hace ya casi cuatro semanas, la voz de las profesoras, de los profesores, comprendidos y reconocidos como sujetos profesionales y sociales se puede constituir en la fuerza motriz que propicia una nueva arquitectura para la nueva escuela pública que tanto necesita el país.  

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