La necesidad de repensar las dimensiones, sentidos y relaciones vinculares de la experiencia escolar vivida en comunidad

Por Núcleo de Convivencia Escolar, Ciudadanía y Género.

El contexto de Pandemia ha planteado enormes desafíos al sistema educativo en todos sus niveles y modalidades; los establecimientos educacionales y sus actorías educativas han tenido que enfrentar realidades complejas, gestionando procesos educativos con las escasas herramientas que han tenido a su disposición o desarrollando otras nuevas. El proceso de acomodo no fue fácil; la incertidumbre, las limitaciones de la conectividad y la disímil experiencia en el uso de las Tics entre actoras y actores educativos, fueron parte de las condicionante a superar.

La inesperada pandemia vino a develar la precarización del sistema educativo, y particularmente de las escuelas donde asisten niñas, niños y jóvenes pobres, vulnerados, racializados y finalmente violentados y excluidos por el orden socioeconómico. En tal sentido la crisis, desigualdad y brecha educativa se agrava con la pandemia, pero sus causas han sido puestas en el debate y horizonte de demandas sociales desde hace ya dos décadas por los movimientos estudiantiles y pedagógicos.

Pues bien, en este escenario angustioso del 2020, de sobre carga de trabajo y falta de condiciones, profundización de todas las desigualdades sociales, aumento de la deserción y brecha educativa, trabajadoras y trabajadores de la educación intentaron reaccionar y sustentar los procesos educativos a través del compromiso y esfuerzo personal, familiar y económico. Paralelamente, en las escuelas se percibió una lamentable ausencia de lineamientos, apoyo y acompañamiento desde la Política Pública para enfrentar este proceso.

Los desafíos del contexto pandémico generaron incertidumbre, angustia y también estrés en los actores educativos. Equipos directivos, Equipos de Convivencia Escolar, Asistentes de la Educación, Docentes y particularmente Profesores y Profesoras Jefes se vieron sobrepasados por la urgencia de ‘contener emocionalmente’ a sus comunidades. ¿Pero qué implica la contención emocional?, ¿es tarea educativa aquello?, ¿estamos trabajadores y trabajadoras de la educación preparados para la magnitud y complejidad de tal labor? Estas fueron algunas preguntas que interpelan directamente al pensamiento y desarrollo de la Convivencia Escolar en este contexto, y que a medida que avanzó el año escolar fueron encontrando diversas respuestas desde las comunidades educativas. Unas ligadas a una óptica de contención psicológica y gestión del bienestar, otras más cercanas al fortalecimiento de la comunidad.

Por otra parte, la Convivencia Escolar en contexto de pandemia se tejió desde la no presencialidad, lo cual fragilizó el sustento comunitario de la escolaridad y de los procesos educativos formales; la construcción de vínculos sociales más menos estables y prolongados en el tiempo, que van construyendo un particular de modo de ser social y de ser comunidad se vio telematizada, por ende, nuevos códigos transaccionales y comunicativos se pusieron en marcha. La cultura escolar hoy se ve tamizada por la distancia y la disponibilidad de recursos para la mantención de la relación pedagógica y su propio devenir; la virtualidad modifica, entre otras cosas, la corporeización de la experiencia educativa y la codificación de los discursos, por lo tanto, modifica también la intersubjetividad que acontece en el proceso educativo, y consiguientemente, altera la manera en que nos relacionamos y construimos comunidad. Se abre entonces una nueva pregunta, ¿cómo se construye y fortalece la comunidad educativa en este escenario telemático y de emergencia socio-sanitaria?

El sustento presencial de la identidad colectiva, el sentido de pertenencia, la confianza pedagógica, los afectos, el “habitar” propio del territorio, la temporalidad, etc., se han visto alterados por lo “pandémico”.  Y con esto, también los dispositivos tradicionales de control y de fomento de ciertas conductas; ciertos fines educativos vinculados a la construcción de un sujeto colectivo arrojado a la interacción con otras y otros, se han visto desplazados por las dificultades y urgencias de este extraño tiempo. Empero, y paradójicamente, este desfavorable contexto pandémico ha venido a visibilizar una dimensión de la construcción de Convivencia Escolar, que deviene como clave de la escolaridad, a saber: la importancia de lo vincular y de la comunidad. Así, los procesos pedagógicos en su ámbito socioemocional, la influencia de los factores biopsicosociales que condicionan la vida y el aprendizaje, el valor de las relaciones sociales en la construcción participativa de comunidad, vienen a relevar la idea de la praxis educativa como una praxis principalmente ética, social y emocional.

Ronda en el debate educativo la urgente necesidad de transformación de la institución educativa; de los sujetos, de las estructuras que los sustentan, del sentido de la escolaridad. Parte de esa transformación debe permitir que el “mundo de la vida” colonice la cotidianeidad de la escuela/liceo, construyendo interacciones pedagógicas que incluyan aquello que realmente nos importa, nos interesa y nos urge. La capa superficial de la transformación tiende a reducirse sólo la búsqueda de posibilidades didácticas, el desarrollo tecnológico o a la mejora de la conectividad, pero la capilaridad más profunda plantea una oportunidad concreta para construir verdaderas comunidades educativas en base a sentidos compartidos, la participación, la confianza, la inclusión y el afecto genuino y recíproco entre quienes son parte de ellas.

La Pandemia nos enseña que el sentido ya no puede seguir siendo “habilitar” a individuos para vivir en una sociedad estructurada por la economía con una democracia formalizada y reducida a lo electoral, pues es necesario encaminar la reflexión hacia el sentido de “educar”, de entregar herramientas que permitan el desarrollo de una sociedad en base a vínculos sociales profundos, con propósitos que surjan de los colectivos, de la diversidad y la inclusión de todas, todos y todes.        

Este desafío para las comunidades educativas significa potenciar el trabajo en equipo, desarrollar adaptaciones de las experiencias pedagógicas junto con herramientas frente a nuevos escenarios formativos, profundizar el liderazgo compartido y lo principal, mantener el vínculo de la comunidad educativa. En ese sentido es primordial empoderar a distintos equipos y actores educativos en sus roles; profesores y profesoras jefas, equipos de convivencia escolar, coordinación de equipos docentes, equipo PIE, UTP, apoderadas y apoderados, estudiantes, en fin, ser parte de la construcción colectiva de aprendizajes, de manera participativa e inclusiva.

Es así como desde nuestra vinculación con comunidades escolares, aparece con fuerza la convicción que, de este difícil y angustioso tiempo, se han trazado también rutas esperanzadoras enfocadas a la revalorización de lo vincular, organización territorial, solidaridad y fortalecimiento comunitario que nos hablan de un futuro que puede comenzar si sabemos leer y escuchar los aprendizajes que nos deja este año pandémico.

 

 

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