Editorial

Pandemia y aislamiento: Visibilización y agudización de la desigualdad y violencia sexual y de género

Por Núcleo Convivencia Escolar, Ciudadanía y Género

El rápido avance del COVID-19 en Chile y el mundo, ha visibilizado con bastante radicalidad una serie de desigualdades e injusticias de género, etnia y clase, que se sabía estaban ahí, pero que de algún modo seguían cubiertas por el manto de la indiferencia social. Una de esas expresiones es la violencia sexual y de género, la que ha aumentado en Chile de forma sustantiva como consecuencia de la emergencia sanitaria. En efecto, las denuncias por agresiones de índole sexual y violencia intrafamiliar aumentaron un 60% desde el inicio del confinamiento social[1]. Hoy nos enfrentamos a una realidad indiscutible, y es que dentro de las múltiples consecuencias del COVID-19 y su correspondiente aislamiento social, se encuentra el fortalecimiento de las desigualdades de género y violencias sexuales preexistentes, y con esto presenciamos también el crecimiento de la brecha de género en nuestro país, y, por tanto, también en la escuela.

Si bien es cierto que, frente al COVID-19 todas las personas se encuentran en predisposición de ser infectadas -en particular las mayores de 60 años y quienes padecen enfermedades preexistentes-, no es un misterio que la división sexual del trabajo sitúa a las mujeres frente a un mayor riesgo de exposición al contagio en comparación con los hombres, pues son ellas, en su mayoría, las que se dedican a labores de limpieza y al cuidado de enfermos, niñes y de todo aquel que requiera de esa asistencia, tanto en la esfera de lo privado (hogares) como en la esfera pública (trabajo doméstico remunerado, como enfermeras o en servicios de aseo). En pocas palabras; frente al contagio del virus, el tratamiento y los cuidados recaen nuevamente en la fuerza productiva de las mujeres, lo que se traduce en su mayor vulnerabilidad y precarización.

La pandemia pone en evidencia algo que las olas feministas ya han denunciado en todos los tonos, y es que la división sexual del trabajo persiste en nuestra sociedad -y en efecto sostiene la organización capitalista-, puesto que las mujeres siguen asumiendo mayor carga de trabajo no remunerado doméstico y de tareas de cuidado, así como oficios y profesiones asociadas a labores intermedias mal remuneradas. Teletrabajo, crianza, labores de limpieza, cocina, problemas de salud mental, apoyo educativo a hijes, etc., hoy se conjugan en un mismo espacio: la casa. La consecuencia: una vez más la vulneración de las mujeres.

Sin embargo, la división sexual del trabajo no solo afecta a las mujeres en su adultez, sino que es un designio sociocultural que se carga desde el nacimiento; así las labores domésticas y de cuidado de otros/as recae de forma desproporcionada también sobre las niñas y las jóvenes. En este sentido, el reparto de quehaceres cotidiano es inequitativo entre niñas y niños, en términos generales las niñas acceden menos a la tecnología que los niños. De este modo, podemos ver como la situación contextual transparenta la existencia de desigualdades, micromachismos y violencias en el hogar; igualmente no podemos dejar de mencionar que, lamentablemente en muchas ocasiones la casa es el lugar más peligroso para las mujeres. En dicha reproducción de micromachismos y desigualdades, también la escuela ha funcionado desde sus inicios como un dispositivo regulador, disciplinador, legitimador y reproductor de corporalidades y subjetividades altamente hegemónicas, con un género dominante: el masculino. En el fondo, la educación de la mujer ha respondido -a lo largo de la historia- a necesidades ideológicas, políticas y económicas para la socialización de nuevas generaciones en un formato cultural determinado[2].  

Así, en el presente escenario donde la violencia hacia la mujer toma más fuerza dentro de los hogares, mientras las escuelas deben permanecer cerradas, resulta fundamental preguntarse por lo que están viviendo las niñas en sus casas. ¿Cómo se sienten las niñas en el aislamiento social?, ¿pueden aprender en sus casas?, ¿se sienten seguras y libres de violencia sexual en sus hogares?, ¿tienen sobrecarga de labores domésticas que no les permite jugar y estudiar?, ¿tienen igual acceso a tecnología y a internet que los niños? Las respuestas no son nada de alentadoras, y sólo evidencian cómo la situación actual de cuarentena en conjunción con la fuerza de los roles de género y el sexismo dominante sólo ha agrandado la brecha de género y la exposición de las niñas a la violencia intrafamiliar y sexual.

Por una parte, desde la vereda educativa cabe entonces comprender que esta situación tendrá consecuencias directas en los aprendizajes y trayectorias educativas de las niñas en el sistema escolar, impactando no sólo a nivel de la propia construcción subjetiva de ellas, sino también en posibles problemas de aprendizaje, fracaso, y el temido abandono escolar. Por otra, es urgente también intencionar la reflexión acerca del momento que vivimos y la necesidad de generar mecanismos que permitan una distribución justa y comunitaria de tareas de cuidado entre géneros, tanto en los hogares como a nivel comunitario, incentivando una actitud solidaria y responsable, de forma particular en los varones desde su niñez, con la finalidad de poner fin a la sobrecarga doméstica y emocional que enfrentan día a día mujeres y niñas.   

En este escenario, surge de forma urgente, la necesidad de considerar no solo las cifras existentes relativas a la pandemia, sino también la tendencia histórica hacia la desigualdad de género y una visión sistémica del problema social entretejido aquí, por ejemplo, al pensar y diseñar las estrategias actuales de abordar los procesos educativos y también para planificar el retorno a clases. Quizás así podríamos anticiparnos a pensar una propuesta pedagógica que tenga esta compleja realidad como antecedente.

 

[1] Ministerio de la Mujer y Equidad de Género

[2] Nari, Marcela (1995): “La educación de la mujer (o acerca de cómo cocinar y cambiar los pañales a su bebé de manera científica”, Revista Mora, N°1, Buenos Aires, pp.31-45.

 

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