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Los desafíos de una educación inspirada en derechos

Por Olga Grau Duhart,
Académica Departamento de Filosofía y Centro de Estudios de Género y Cultura en América Latina,
Facultad de Filosofía y Humanidades Universidad de Chile.

Henri Bergson[1] afirmó en uno de sus textos que en “Cada uno de los enunciados de la Declaración de los Derechos del Hombre[2] había un desafío arrojado a un abuso y que, con ello, se trataba de acabar con sufrimientos intolerables”[3].

Es una sugerente y lúcida reflexión que nos hace pensar en la relación entre el abuso que se comete hacia una persona o grupos humanos y el desafío a un modo de relacionarnos fuera del padecimiento que podemos infligirnos. Podríamos decir que ese texto apunta a señalar la relación entre la realidad que nos muestra que abusar y hacer daño ocurre de modo habitual, y la exigencia y el reto éticos que tenemos de percibir a los otros en sus derechos de manera cotidiana, en ese complejo carácter de seres sociales y políticos que somos.  Para salvaguardar esto último surgen las declaraciones universales de derechos, los principios regulatorios y las máximas del comportamiento humano, los códigos y protocolos, las guías orientadoras de las prácticas, en fin… Como horizonte de ideales de sociabilidad. Es así como la definición de los ideales establecidos en la Declaración Universal de los Derechos Humanos nos interpela y al mismo tiempo, da a saber lo limitado que aun somos  para poder cumplirlos.

Pese a lo concreto de la presencia del otro, la materialidad de su cuerpo con su lenguaje gestual o hablado, sus propiedades singulares, la manifestación de su particular vulnerabilidad como ser humano expuesto a las contingencias, pese a todo ello tomamos muchas veces una distancia tal con el otro u otra, que pareciera restársele su condición de semejante y que nos pone en el olvido de sus derechos, de su presencia. Se produce una curiosa paradoja con tal distancia, porque podría llegar a ser la suposición del otro en una suerte de cercanía tal que lo hiciera disponible a nuestra voluntad, a nuestro antojo o capricho, como un otro sometido a nuestra potestad en tanto apropiación negando su autonomía. En el otro extremo, Emanuel Levinas llevará  a un desafío mayor su reflexión ética en la consideración del otro respecto a nuestro propio yo: “Se trata de que yo -a pesar de ser evidentemente primordial y hegemónico, idéntico a mí mismo en mi `propiedad´, en mi piel...- paso a un segundo plano: me veo a partir del otro, me expongo a otro, tengo que rendir cuentas”[4]

Hacíamos referencia más arriba a la vulnerabilidad en que cada cual está en una específica modalidad de vulnerabilidad. La filósofa política feminista Judith Butler hará una reflexión muy atrayente sobre este concepto haciéndonos ver que “no es del todo correcto concebir los cuerpos individuales como algo completamente distinto unos de otros. Por supuesto, tampoco es que estén fusionados en una especie de cuerpo social amorfo, pero si no podemos conceptualizar fácilmente el significado político del cuerpo humano sin entender esas relaciones en las que vive y se desarrolla, no conseguimos el mejor escenario posible para los diversos fines políticos que buscamos alcanzar”[5]. Y hará referencia a la exposición en que estamos las mujeres en algunas calles y plazas (sabemos también que en los espacios privados o institucionales), y al riesgo en que se encuentra un trans en el espacio público. Recientemente tuvimos el caso cercano de un educador popular del Preuniversitario Trans Profesora Mara Rita, estudiante de Pedagogía en Inglés, de haber sido brutalmente golpeado en la vía pública, con daño a su cuerpo que dejará secuelas. Podríamos leer de distintas maneras la vulnerabilidad y en las formas particulares en que se expresa, pero en este caso hacemos énfasis desde una perspectiva de género y en las relaciones de poder que allí se juegan en una cultura de soberanía masculina y sus derivaciones machistas y sexistas.

Uno de los abusos que se ha visibilizado gradualmente durante estos últimos años, es el abuso sexual y de género que se expresa en todos los espacios educativos, la educación parvularia, la educación básica y media, la educación terciaria universitaria o profesional. También en los espacios informales de educación, como son los medios sociales de comunicación, la familia, la calle, los espacios compartidos. No se trata solamente del crudo abuso sino también del conjunto de las discriminaciones de género en su más amplio espectro de concreción.  Ello indica el aspecto estructural de las limitaciones que tenemos para hacer efectiva la igualdad de derechos y las incapacidades para la percepción de los otros y para la agencia de una suerte de solidaridad estructural.

Sigue siendo necesario el desarrollo de una conciencia política solidaria, a nivel social e individual, que permita avanzar hacia prácticas efectivamente democráticas, en que cada cual sea considerado o considerada en su dignidad propia, en sus derechos. Y en ello las distintas instancias educativas tienen su lugar para impulsarla, requiriendo verse a sí mismas en sus propias carencias y producir un saber de sus contradicciones y limitaciones, de las operaciones que hacen en sentido inverso. Un saber también de las resistencias que necesitamos para oponernos a un orden de vulneración de derechos.

Volviendo a la frase de Bergson, interpretándola más allá de sí misma, llegaríamos a no requerir de ninguna declaración de derechos al estar éstos cumplidos, sin ningún abuso, en un escenario político de justicia, de equilibrios, de simetrías de poder. Sin daño. Utopía que, como toda utopía, nos tironea hacia un horizonte de esperanza y que nos hace olvidar la urgencia del presente que repare lo ya acontecido.

[1] Filósofo francés (1859-1941) ganador del Premio Nobel de Literatura en 1927.

[2] La Declaración de los Derechos del Hombre, a la que alude Bergson, es anterior a la del año 1948, momento en que la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó y proclamó la Declaración Universal de Derechos Humanos. Tras este acto post guerra mundial, la Asamblea pidió a todos los Países Miembros que publicaran el texto de la Declaración y dispusieran que fuera "distribuido, expuesto, leído y comentado en las escuelas y otros establecimientos de enseñanza, sin distinción fundada en la condición política de los países o de los territorios".

[3] Henri Bergson, Las dos fuentes de la moral y la religión. Ed. Sudamericana, Bs. Aires, 1946. Esta misma cita, con otro desarrollo, la utilicé a propósito de la consideración de las violencias de género que ocurren en las universidades, en el texto  “Hacia la autoconciencia de las universidades. Un enfoque filosófico-político de las violencias de género” publicado en Revista Mapocho N°82/ 2017.

[4] Emmanuel Lévinas, Entre nosotros. Ensayos para pensar en otros. Valencia, Pre-Textos, 1993, p. 110.

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